Entrevista
realizada por la periodista italiana, Oriana Fallaci , al emperador Hailé
Selassié en Addis Ababa en junio de 1972
Resulta difícil para un italiano, escribir desapasionadamente sobre
Hailé Selassié porque no es fácil superar la situación
embarazosa que supone haberlo agredido, insultado, expulsado de su país
con la inútil guerra que Mussolini nos echó a la espalda hace
treinta y siete años. En 1935 también nosotros teníamos
nuestro Vietnam. Se llamaba Etiopia. Quien ve el Vietnam como cosa nueva
olvida, o ignora, que para hacer un imperio nosotros caímos sobre
un pueblo que no molestaba a nadie y para defenderse tenía un ejército
descalzo y armado prácticamente sólo de sables. Olvida, o
ignora, que contra este pueblo enviamos las escuadrillas de Balbo y de Ciano,
bombardeando pueblos indefensos, hospitales de la Cruz Roja familias en
fuga Enviamos a las tropas del mariscal Badoglio, lanzando gases asfixiantes,
sembrando destrucción y terror. Enviamos a los camisas negras del
general Graziani, manchándonos con ejecuciones masivas y con las
matanzas más inicuas. My Lai no debe asombramos. Nuestro My Lai fue
peor. Ocurrió en febrero de 1937, cuando, a consecuencia de un atentado
contra Graziani, los camisas negras tuvieron carta blanca en Addis Abeba.
Y durante días descuartizaron mujeres, ancianos, niños. Incendiaron
casas e iglesias. Fusilaron a sacerdotes, estudiantes, inocentes Hay quien
dice que fueron tres mil, hay quien afirma que fueron treinta mil. Los estragos
cesaron sólo cuando el puesto de virrey fue entregado a un civil
Amadeo de Aosta. Pero ni siquiera entonces dejamos de portamos de modo infame
con Hailé Selassié. Le dedicábamos historietas crueles
como aquella en la que huía con la sombrilla .Le cantábamos
canciones ruines como aquella que dice “Aquí llega el rey de
reyes en calzoncillos de filé”. “O aquella que decía
“Con la barba del Negus haremos cepillos, con la piel del Negus haremos
bolsos. “
Más que incomodidad, es sentido de culpa. Y también vergüenza.
Y a tal culpa, a tal vergüenza, los italianos que hoy se acercan a
Hailé Selassié reaccionan viendo exclusivamente lo mejor los
méritos del pasado. Sus retratos pecan siempre de expresiva obsequiosidad,
de una incomodidad y generosa admiración. Hablan siempre de su compostura
hierática, de su dignidad real, de su agudísima inteligencia,
de su generosidad para con los antiguos enemigos. Nunca explican quién
es en realidad el soberano que nosotros convertimos en víctima. Nunca
se atreven a decir que es algo menos o algo más que una víctima.
Por ejemplo, que es un viejo encorsetado en principios abandonados desde
hace siglos. Por ejemplo, que es dueño absoluto de un país
que no ha oído nunca las palabras derecho y democracia, y que apenas
sale de los muros de la ciudad, vive en el límite de la prehistoria
oprimido por el hambre, las enfermedades y la ignorancia. Sometido a un
régimen feudal tan rígido como no conocimos ni siquiera en
nuestra más sombría Edad Media. Por ejemplo, que es una estatua
que no simboliza ni mucho menos los sufrimientos que nosotros impusimos
a Etiopia. Se llega ante él, falto de preparación. Se llega
ante él ignorando verdades que luego te dejan desconcertada, así
me quedé yo viéndolo la primera vez escoltado por sus perritos,
dos chihuahuas que siempre lleva detrás a la manera de Xavier Cugat.
La única diferencia es que los chihuahuas de Xavier Cugat eran castaños
y los suyos son uno blanco y el otro negro. Blanca la hembra que se llama
Lulu, negro el macho que se llama Papillón. ¡Vaya nombres para
los perros de un rey!. Y qué raza de perros. Cuando llego con ellos
al Gondar me pareció soñar un relato humorístico.
La primera vez lo vi en el Gondar, una región abandonada de Dios
y de los hombres, quemada por el sol, árida. Árboles, hormigas
tucules. Su Majestad había ido al Gondar para inaugurar un puente
metálico, y para acercarse a Su Majestad, o mejor dicho, para acercarse
a la comida en honor de Su Majestad, los pobres habían acudido a
centenares. Con sus andrajos, sus llagas y su tracoma. La comida se había
preparado al aire libre alrededor de la tienda imperial. Se habían
sacrificado docenas de carneros. El aroma de la comida llenaba el valle
como una niebla, como una tortura. Los pobres no pretendían los pedazos
selectos, los bistecs que aparecían humeantes sobre el mantel de
Su Majestad, las mesas de los sacerdotes coptos que habían acudido
con sus sombrillas, sus cruces de oro y plata y sus invocaciones al Dios
igualmente justo para todos, y aquellos sacerdotes comían como leones.
En cambio, los pobres se contentaban con los desechos. E imploraban desesperadamente,
a voz en grito, los restos que los cocineros tiraban. Los intestinos, las
cabezas, los huesos con un poco de carne pegada. Pero los cocineros arrojaban
los restos a un prado vigilado por soldados con metralleta, y los soldados
con metralleta rechazaban a patadas a cualquiera que intentase dar un paso,
y los intestinos, las cabezas y los huesos con un poco de carne pegada iban
a parar a los buitres y a los perros Aquel prado era una pelea de perros,
un aleteo de buitres que, felices, se lanzaban en picado y remontaban el
vuelo con el pico lleno, mientras los pobres se lamentaban “¡Uh!
¡Uh! ¡Uh!”. Se lamentaron durante tres horas. Luego Su
Majestad subió al jeep para regresar a Addis Abeba, y en el jeep
había una caja de dólares nuevos, billetes de un dólar
etiope que vale unas veintidós pesetas. Su Majestad se puso a repartir
dólares de veintidós pesetas. El Jeep avanzaba a paso humano,
los pobres corrían a lo largo de la calle flanqueada también
por los soldados con metralleta, y Su Majestad entregaba el dólar
al pobre que los soldados impedían que avanzara, eligiéndolo
al azar entre la multitud. Una multitud que se apretujaba, movido cada uno
por la esperanza de colocarse al lado de un soldado e implorarle “¡YO!
¡YO!”. Mujeres encintas y niños rodaban por los suelos
donde los más fuertes se subían encima de ellos y los pisoteaban
sin piedad. Su Majestad se daba cuenta de todo, desde luego, pero no abandonaba
ni un momento su hierática compostura, la dignidad real sobre la
que tanto se ha leído. Sonreía imperceptiblemente, a la vista
de los que se aferraban a los dólares y corrían por la colina
en busca de atajos que les llevasen nuevamente al cortejo y al jeep, para
agarrarse de nuevo a un soldado, para volver a ser elegido, para extender
otra vez la mano a la humillación. Al más veloz, que le daba
las gracias con el saludo fascista, Su Majestad le respondía con
ademán bendiciente, hierático.
Se llega a Su Majestad con esta visión en los ojos. Se llega en audiencia
oficial al palacio que fue del rey Menelik y de la reina Taitu, pasando
entre los mendigos tumbados sobre la hierba, los guardias brutales que te
tratan a empujones, y entre los leones que rugen sombríos. Hay dos
en una jaula y otro suelto, atado solo a una cadenita El palacio se llama
Viejo Ghebi y es una construcción de estilo colonial en el centro
de Addis Abeba, rodeada de jardines y de altos muros. Se sube la escalinata
meditando sobre la comicidad que a veces acompaña al dolor, la audiencia
me había sido anunciada nueve días antes junto con una serie
de advertencias bastante cómicas. Sobre todo nada de pantalones,
Su Majestad es un señor a la antigua, no soporta a las mujeres vestidas
de hombres. Y atención tampoco soporta los vestidos cortos, escotados,
sin mangas. Ninguna pregunta comprometedora o improvisada, por ejemplo,
sobre Eritrea. Nada de conversación directa Su Majestad hablaría
en amaneo y su secretario privado traduciría. En cuanto al cuestionario
había que entregarlo por anticipado y someterlo al examen de los
consejeros. Me enfurecí. Sólo había aceptado dos de
los cuatro puntos el de los pantalones y el de Eritrea. Pero mi dureza había
sido castigada con noticias desastrosas sobre los dos chihuahuas. Si, Lulu
y Papillón estarían presentes en la conversación y
¿sabia por qué? Porque Su Majestad los usa como radar. Ellos
le detectan bombas, traiciones, enemigos, peligros materiales y morales,
la gente que ha de ser apartada y la gente en la que se puede confiar El
año anterior le habían colocado un ingenio de relojería
en el avión en el que debía viajar. Cuando los perros subieron
a bordo se pusieron a ladrar histéricamente y el rey comprendió
que debía escapar.
Después de la escalinata hay una antesala, luego un saloncito de
estilo chino, luego otra antesala, y de aquí se pasa al salón
de Su Majestad amplio, rojo, lleno de estucos, de tapices, de alfombras,
de sillones rococó. Pasado el umbral hay que hacer una reverencia,
un poco más adelante una segunda reverencia y luego una tercera reverencia.
Agotadas las reverencias se levanta la cabeza y, de pie ante un trono decorado
con un tejido claro con flores rosas y azules, está Hailé
Selassié, emperador de Etiopia, León de Judá, Elegido
de Dios, Poder de la Trinidad, Rey de Reyes. Si, es él mismo. Es
este anciano pequeñísimo, antiquísimo ¿Cuántos
años debe tener? ¿Sólo ochenta como dicen las biografías?
Yo diría que noventa, o cien. Un rostro enjuto, sin carne, salpicado
de manchas pardas, de madera Parece el rostro de los faraones que están
en el museo de El Cairo, durmiendo un sueño de milenios y milenios.
Más que un rostro, es una nariz y dos ojos. Una cabeza de pájaro
La nariz es dura, larga, como un pico de águila no termina nunca.
Los ojos SOn redondos, atónitos, velados por una cortina acuosa hinchados
de olvido. Cejas, bigote, barba, cabellos, lo cubren todo como plumas Bajo
aquella cabeza de pájaro con rostro de faraón, se adivina
un sueño frágil como el cuerpo de un niño disfrazado
de viejo. Sólo el tórax es un poco ancho porque Su Majestad
lleva bajo la chaqueta un chaleco antibalas, todo el mundo lo sabe. Debe
ser un chaleco muy pesado porque Su Majestad se sostiene con dificultad
sobre unos pies que tal vez, respecto al cuerpo, resultan desproporcionados.
Te observa cansadamente, tiende la mano y te estrecha la tuya. Se diría
que basta un soplo para derribarlo, para romperlo en pedazos. No intimida
visto de cerca. Casi inspira ternura. Por un instante, quisieras ceñirle
los hombros, ayudarle, decirle *”Por favor, Majestad, no esté
de pie por mí, siéntese. No lleve este artefacto encima, le
impide respirar Quíteselo, por favor. Despacio, cuidado, muy bien.
En seguida le traigo un almohadón y le sirvo un caldito ¿Necesita
algo más, Majestad?”
Pero en lugar de ésto, sucede otra cosa. Sucede que irrumpen, petulantes
y molestos como dos mosquitos, los malditos chihuahuas. Y salen al encuentro
para husmear si soy amigo o enemigo, pero a medio camino frenan, de golpe,
como si entre ellos y yo hubiera un terreno minado. Y se quedan así,
parados, mirándome en un silencio colmado de incertidumbre. Su Majestad
los miró, me miró, se endureció. Sentado ahora en el
trono en el que se había encajado con movimientos cautos y lentísimos,
recobró toda su autoridad despiadada de Gondar. Fuera la fragilidad,
fuera la ternura, de repente quedó claro que no haría nada
para mostrarse cordial y contestarme. El era el Rey de Reyes, y yo sólo
alguien que no era del gusto de sus perros “Parlez”, dijo con
voz ronca y baja. A pesar de las protestas del secretario, preparé
el magnetófono y pedí a Su Majestad que me respondiera en
francés, no me fiaba de las traducciones. El secretario temblaba
indignado. Su Majestad lo hizo callar sin mirarlo, con un ademán
de su índice Y ¡Cielos! yo quería empezar con una frase
amable, lo juro. Por ejemplo, con una frase que se refiriera a ese nacional
sentido de culpabilidad. Pero ante mis ojos reapareció vivísima,
punzante, desesperada, la escena de Gondar, aquellos pobres cubiertos de
andrajos, atormentados, con las manos tendidas hacia las tripas devoradas
por los perros, por los buitres, mientras los soldados de las metralletas
los apartaban a puntapiés, aquella multitud que corría, se
atropellaba, se mataba para recoger un dólar de veintidós
pesetas, un dólar del rey. Y surgió mi primera pregunta, insoportable,
insolente La conversación duró más de una hora Su Majestad
respondía fatigosamente, con pausas interminables, jadeando. A menudo,
no comprendía lo que le preguntaba evitando alusiones directas. Tal
vez porque no habla francés tan bien como dice, tal vez porque su
envejecido cerebro ya no sigue los conceptos Y me tocaba repetir, soportar
su cólera que a veces resultaba ofensiva “Etidiez, étudiez’”
¿Qué tenía que estudiar? ¿La buena crianza,
la hipocresía, las mil cosas que los reyes no saben?. Ante la última
pregunta, se asustó. Era una pregunta sobre la muerte. Y a su Majestad
no le gusta la palabra muerte. Tiene demasiado miedo de morir, él
que con tanta facilidad manda a otros a la muerte De manera que me echó.
Pero se enfadó mucho más cuando la entrevista fue publicada.
Para explicar mejor lo que él me había dicho, me pareció
oportuno intercalar sus respuestas con notas y observaciones. Y, claro está,
tales notas, tales observaciones, no podían halagarle. Su ira explotó
violentamente y de ella florecieron amenazas, protestas oficiales y oficiosas,
pastiches diplomáticos que comprometieron al embajador etíope
en Roma y desgraciadamente al embajador italiano en Addis Abeba Y no cito
las protestas de los italianos que vivían en Etiopia y que temían,
por mi culpa, una real venganza. La mayor parte de los italianos que viven
en Etiopia hablan con nostalgia de Mussolini y no sintieron por mí
demasiada simpatía. Sus quejas tuvieron muy poco de amistosas. Prefiero
referirme a las cartas de quienes me informaron, afectuosamente, de que
haría bien en no volver a poner los pies en Etiopia hasta que Su
Majestad hubiera pasado a mejor vida “Se lo ruego, siga mi consejo”.
Ya conocía el consejo. Me lo habían dado, desde Haití,
después de mi entrevista con Baby Doc. “Se lo ruego, manténgase
alejada de Port au Prince. Si vuelve, se juega la piel”. La característica
más irritante de los tiranos es que carecen de fantasía.
ORIANA
FALLACI. —Hay una cuestión, Majestad, que me preocupa desde
que vi a aquellos pobres correr detrás de usted por un dólar
de veintidós pesetas Majestad, ¿qué siente cuando reparte
limosna a la gente? ¿Qué siente ante tanta miseria?
HAILE SELASSIE —Siempre ha habido pobres y ricos y siempre los habrá
¿Por qué? Porque hay quien trabaja y hay quien no trabaja,
quien tiene afán de ganar algo y quien no tiene ganas de hacer nada.
Es cierto que Dios Nuestro Señor nos pone iguales en el mundo, pero
también es cierto que cuando se nace no se es rico ni pobre. Se está
desnudo. Es luego cuando uno se vuelve rico o pobre según sus méritos.
SÍ, también .Nos sabemos que distribuir dinero no sirve para
nada. ¿Por qué? Porque para resolver la miseria hay un solo
camino: trabajar.
Majestad, quisiera estar segura de haber comprendido bien ¿Quiere
decir, Majestad, que el que es pobre merece serlo?
Nos hemos dicho que es pobre aquel que no trabaja porque no quiere. Hemos
dicho que la riqueza hay que ganarla con esfuerzo Hemos dicho que el que
no trabaja no come. Y ahora añadimos que la capacidad de ganar depende
del individuo: cada individuo es responsable de sus desgracias, de su destino
No es justo esperar que la ayuda caiga del cielo, como un regalo la riqueza
hay que merecerla. El trabajo es uno de los mandamientos de Nuestro Señor
Creador. La limosna, vous savez…
(Entre las limosnas que el emperador hace a sus súbditos está
también la del pan Cada sábado, cuando el emperador va a una
de sus villas campestres al lago, llena su automóvil de hogazas y
las va lanzando por la ventanilla. Pero no siempre el pan va a parar a manos
de sus súbditos. Los perros y los carneros conocen el rito, de manera
que cuando aparece el automóvil, corren a disputarse el puesto con
los niños y con los hombres y, generalmente ganan. El pan, en Etiopia,
es una comida de ricos. El plato nacional, en Etiopia, es la ingera una
tripa de pasta gris, blanda. Se come empapada con berberé, una salsa
asesina compuesta de pimentón, picantes y cebollas trituradas. El
bérbero mata el gusanillo del hambre, la ingera llena el estómago.
La carne se come sólo dos o tres veces al año y cruda. El
motivo es que Etiopia es el país de renta per cápita más
baja del mundo. El salario de un zabagna, un guardia en la ciudad, es de
quince dólares al mes. El proletariado, en realidad, no existe. La
mayor parte de la población se dedica al pastoreo. La tierra pertenece
a la Iglesia copta o al emperador que utiliza sus dominios como le place.
Por ejemplo, para hacer regalos a sus protegidos o a sus cortesanos El pueblo
no se rebela, ni siquiera tiene capacidad para ello Una estadística
sueca publicada por el’ ‘Dagens Niether” sostiene que
el noventa y cinco por ciento de los etíopes son analfabetos y el
cinco restante saben leer pero no todos saben escribir. También sostiene
que el cuarenta por ciento padecen sífilis, el cincuenta tracoma
y el treinta lepra).
Majestad,
¿qué piensa de la nueva generación presa del descontento?
Me refiero a los estudiantes que se agitan en la Universidad, especialmente
en Addis Abeba y...
La juventud es la juventud. No se pueden combatir las actitudes inherentes
a la juventud. Por otra parte, no representan nada nuevo en el mundo, nunca
sucede nada nuevo. Examine el pasado. Se dará cuenta de que la desobediencia
de los jóvenes viene de antiguo. Los jóvenes no saben lo que
quieren. No pueden saberlo porque les falta experiencia, les falta sabiduría.
Para mostrar a los jóvenes el camino recto y castigarles cuando se
rebelan a la autoridad, está el jefe del Estado, estamos Nos Pero
no todos los jóvenes son malos y sólo los culpables irreductibles
son castigados sin piedad. Los otros son doble gados e inducidos a servir
a su país. Así pensamos Nos y así debe ser.
¿Hay que castigarles incluso con la pena de muerte, Majestad?
Hay que examinar bien la cuestión. Y en ocasiones se descubre que
la pena de muerte es justa y merecida. Por ejemplo, para los desobedientes
¿Por qué? Porque va en interés de todo el pueblo. Nos
hemos abolido muchas cosas. Por ejemplo, la esclavitud. Pero la pena de
muerte, no, no podemos aboliría. Seria como renunciar a castigar
a quien osa discutir la autoridad. Así pensamos Nos y así
debe ser.
(La autoridad del emperador es indiscutible e indiscutida, el pueblo lo
venera como un dios y acepta sin replicar cada una de sus decisiones. Pero
la exigua minoría de jóvenes que van a la escuela, sobre todo
en Addis Abeba, no piensa así. Y difunden escritos contestatarios,
hablan de una simiente que germina “La semilla de una planta llamada
libertad”. En respuesta a tales protestas, por otra parte confusas
y esporádicas, hubo redadas de la policía y los estudiantes
desaparecieron .La universidad de Addis Abeba tiene normalmente más
de tres mil alumnos Sin embargo, durante ciertos semestres no hay más
que algunos centenares. ¿Dónde han ido a parar los demás?
Nadie lo sabe. Alguien se lo ha preguntado al ministro de Educación
que no ha contestado. La única esperanza es que hayan sido enviados
a “comunidades agrícolas”, es decir, los acostumbrados
campos de concentración, o a minas de oro, como la mina de oro del
emperador, en las que trabajan sólo detenidos. No hay pruebas. El
único indicio lo proporcionaron dos camiones llenos de estudiantes
detenidos sin motivo hace algún tiempo. La policía afirma
que la razón es que estaban peleando entre ellos. Pero el mismo día
fueron también detenidos una profesora norteamericana que enseñaba
sociología y un profesor inglés que enseñaba literatura,
acusados de incitar a los alumnos a la rebelión. Y, después
de haber sido despedidos y luego expulsados, ambos declararon no haber visto
ninguna pelea)
Majestad, quisiera que me hablase un poco de sí mismo. Dígame
¿alguna vez fue usted un Joven desobediente? Pero tal vez debiera
preguntarle si ha tenido tiempo de ser joven, Majestad.
Nos no comprendemos la pregunta ¿Qué me pregunta? Por supuesto
que Nos hemos sido joven ¡no hemos nacido viejo! Hemos sido niño
y luego adolescente y luego joven y luego adulto y luego viejo. Como todos
Nuestro Señor Creador nos hizo a Nos como a todos Tal vez lo que
usted quiere saber es que tipo de joven era Nos. Bien era un joven muy serio,
muy estudioso, muy obediente Alguna vez castigado, pero ¿sabe usted
por qué? Porque a Nos no le bastaba lo que a Nos le hacían
estudiar y Nos queríamos estudiar más. Nos queríamos
quedarnos en la escuela después de terminadas las clases. Nos disgustaba
divertirnos, montar a caballo, jugar. No quena perder el tiempo en juegos
Majestad, tal vez no he sabido explicarme…
Ca suffit, ca suffit! ¡Basta, basta!.
(En realidad Hailé Selassié nació viejo. A los siete
años, alentado por su ambicioso e inteligentísimo padre, el
ras Makkonnen, primo del rey Menelik, leía y escribía correctamente
el amaneo. A los nueve años se sabía de memoria buena parte
de la literatura francesa. A los trece anos recibió de Menelik el
título de gran cherif, y a los catorce fue nombrado gobernador de
la provincia de Sodalli En este año murió su padre y Menelik
lo llamó a la corte para que aprendiese el arte de la política,
aunque la reina Taitu lo encontrase odioso y se opusiera a su sucesión.
Estuvo en la corte dos años. Luego fue nombrado gobernador del Sídamo
y, a los dieciséis años, ya ejercía la autoridad judicial,
pronunciaba sentencias de condena a muerte o de penas corporales y dirigía
las expediciones punitivas, jefe absoluto de un millón de personas
que besaban la tierra a su paso, Tafan Makonnen, que éste es su verdadero
nombre, nunca tuvo ni tiempo ni manera de vivir la edad en que se descubre
lo justo y lo injusto. Educado en los complots, en las intrigas, en la crueldad,
aprendió a sobrevivir a través del cinismo, y toda su vida
se concentró en el esfuerzo de conquistar el poder y luego mantenerlo.
Lo consiguió sin pararse en escrúpulos, recurriendo a menudo
a sistemas que hubieran hecho palidecer a los Borgia y a Maquiavelo juntos,
el modo como eliminó el verdadero heredero del trono Lij Yasu, por
ejemplo. El modo como neutralizó a la reina Zauditu, el modo como
lanzó unos contra otros a los ras adversarios. Despiadado, obstinado,
clarividente, subió por fin al trono en 1930, después de haber
sido regente y luego de haber sacrificado a aquel sueño hasta la
capacidad de sonreír. Nunca sonríe Y nadie le ha visto reír
jamás.)
Majestad, usted es el monarca que ha reinado más tiempo de todos
los que están ahora en el trono. Y, en una época que ha visto
la ruinosa caída de tantos reyes, usted es el único monarca
absoluto ¿Alguna vez se ha sentido solo en un mundo tan distinto
del mundo en que creció?
Nos creemos que el mundo no ha cambiado en absoluto. Nos creemos que esos
cambios no han cambiado nada Ni siquiera vemos la diferencia entre república
y monarquía. Nos vemos dos sistemas sustancialmente iguales de gobernar
un pueblo. A ver, dígame, ¿cual es la diferencia entre república
y monarquía?
Realmente, Majestad. Bueno, a Nos, quiero decir a mi me parece comprender
que en las repúblicas donde existe, la democracia, el Jefe es elegido.
En cambio, en las monarquías no.
No vemos la diferencia
No importa, Majestad. ¿Qué piensa de la democracia?
Democracia, república, ¿qué quieren decir estas palabras?
¿Qué han cambiado en el mundo? ¿Acaso los hombres son
mejores, mas leales, mas buenos? ¿Acaso el pueblo es más feliz?
Todo continúa como antes, como siempre. Ilusiones, ilusiones. Y,
además, hay que mirar por los intereses de un pueblo antes de subvertirlo
con palabras. A veces la democracia es necesaria. Pero a veces es un perjuicio,
un error.
(En Etiopía se ignora incluso lo que son las elecciones, lo que es
el voto. Si alguien le explicase a un pastor del Gondar que tiene derecho
a expresar su opinión y a manifestarla con una cosa que se llama
voto, se lo tomaría a broma y no lo creería. La libertad de
pensamiento no existe y, naturalmente, no existen partidos políticos.
Ni siquiera clandestinos. La policía secreta está organizadísima.
Los teléfonos están controlados, y hasta los extranjeros tienen
miedo de expresar un punto de vista que no coincida con el del emperador.
Por una nadería, uno se puede ver acusado del delito de lesa Majestad
y acabar en la cárcel o ahorcado. El hecho es que el emperador no
cree en una Etiopía inserta en un clima de libertad y de democracia.
No tiene a su pueblo en mucha estima. A las personas de su confianza les
repite siempre con desprecio “Vous savez, ces gens “Y a menudo
cita el ejemplo del Congo “Ved lo que sucede cuando se da libertad
a cierta gente”)
Majestad, ¿intenta acaso decir que ciertos pueblos como el suyo no
están preparados para la democracia y por tanto no la merecen? ¿Intenta
decir que la libertad de prensa sería inadmisible aquí?
Libertad, libertad... El emperador Menelik y también Nuestro padre,
hombres iluminados, examinaron esta palabra y siguieron de cerca estos problemas.
Se los plantearon e hicieron muchas concesiones al pueblo. Nos, más
tarde, hicimos otras. Ya hemos recordado que fuimos Nos quienes abolimos
la esclavitud. Pero, repetimos, que algunas cosas son buenas para el pueblo
y otras no. Es necesario conocer a Nuestro pueblo para darse cuenta de ello.
Es necesario proceder lenta, prudentemente, ser como un padre muy cauteloso
respecto a sus propios hijos. Nuestra realidad no es la de ustedes. Y nuestras
desgracias son infinitas.
(Al principio de su reinado Hallé Selassié introdujo la radio
en Etiopia. Más tarde los periódicos y la televisión.
A pesar de ésto, en Addis Abeba no se sabe nada de lo que sucede
en el resto del mundo. Tanto la radio como los periódicos y la televisión
sirven sólo como instrumentos de la propaganda real. Cada noche el
noticiario de la televisión empieza con una noticia sobre el emperador
que ha inaugurado un puente o ha descubierto una lápida o ha participado
en una feria benéfica o se ha reunido con un embajador. Invariablemente,
las dos primeras palabras son: “Su Majestad...”. Los periódicos
son, sustancialmente boletines de palacio. Incluso el “Etiopian Herald”,
en inglés, empieza como el noticiario de la televisión. Hasta
el estallido de una guerra, la llegada del primer hombre a la luna, las
catástrofes locales pasan a segundo plano ante una ceremonia del
emperador o vienen consignadas en pocas líneas. El día en
que el avión de la East African se estrelló en la pista y
murieron cincuenta personas, la prensa dedicó todo su espacio a una
visita campestre de Su Majestad. Los etíopes están tan bombardeados
por el mito de Su Majestad que, cuando oyen en la radio un anuncio de Coca-Cola,
creen escuchar su voz.)
Majestad, ¿alguna vez ha lamentado su destino de rey? ¿Ha
deseado alguna vez vivir como un hombre normal?
No comprendemos su pregunta. Ni en los momentos más duros, más
dolorosos, Nos hemos lamentado o maldecido Nuestro destino. Nunca. ¿Por
qué hubiéramos tenido que hacerlo? Hemos nacido de sangre
real, el mando nos espera. Y, puesto que nos espera, puesto que Nuestro
Señor Creador ha pensado que podríamos servir al pueblo como
un padre sirve a su hijo, ser monarca constituye para Nos un gran placer.
Hemos nacido para ésto, y para ésto hemos vivido siempre.
Majestad, estoy intentando comprenderle como hombre y no como rey. Por tanto,
insisto y le pregunto si este oficio le pesa alguna vez; por ejemplo, cuando
debe ejercerlo por la fuerza.
Un rey no debe Jamás lamentar el uso de la fuerza. Hay necesidades
malas, pero son necesidades, y un rey no debe detenerse frente a ninguna
necesidad. Ni siquiera cuando ésta le disgusta. Nos no hemos tenido
nunca miedo de ser duros; el rey sabe lo que es conveniente para el pueblo
y el pueblo no lo sabe. Para castigar, por ejemplo, Nos debemos aplicar
únicamente el juicio de Nuestra conciencia. Y nunca sufrimos cuando
castigamos porque creemos en ese castigo y tenemos absoluta confianza en
Nuestro juicio. Así debe ser y así es.
(Los castigos del emperador excluyen a los miembros de la familia real.
Éstos no pueden ser condenados ni a muerte ni a penas corporales.
Para los demás el castigo va desde los trabajos forzosos a la horca.
Desaparecido el castigo de cortar la mano o el pie, utilizado con frecuencia
hace algunos años, se mantiene, sin embargo, la costumbre de emparedar
vivos a los traidores en su propia casa. Pero en los últimos años
el emperador se ha dulcificado un poco y el año pasado ordenó
liberar a un ras a quien había hecho emparedar vivo en 1954. Después
de dieciocho años de oscuridad y de silencio el ras no había
muerto pero estaba gravemente enfermo. Hailé Selassié lo mandó
a un hospital para que se recuperara y, en señal de perdón,
le regaló un automóvil. También corre la voz de que,
para hacer menos dolorosas las ejecuciones, el emperador quiso introducir
en Etiopía la silla eléctrica y confió el asunto a
un italiano que, efectivamente, la construyó. Pero la silla funcionó
mal y el condenado se quemó pero no murió, de manera que el
emperador decidió volver a los antiguos sistemas. Otro sistema por
el que siente predilección es el de la humillación pública.
Sucede, por ejemplo, que un cortesano comete un error o se muestra indigno
de la confianza en él depositada. En tal caso. Su Majestad actúa
de la siguiente manera: le obliga a presentarse cada mañana ante
él, de rodillas, y finge no verlo. Durante meses, a veces durante
años. Y es perdonado cuando el emperador se para y le dice: “Nos
sorprende verte aquí, hijo. ¿Qué podemos hacer por
ti?”)
Majestad, usted habla siempre de castigos. Pero ¿es cierto que usted
es tan religioso y tan devoto de las enseñanzas cristianas?
Nos hemos sido siempre muy religioso, desde niño, desde el día
en que Nuestro padre, el ras Makonnen, nos enseñó los mandamientos
de Nuestro Señor Creador. Nos rezamos mucho, y vamos a la iglesia
lo más a menudo posible; cada mañana si es posible. Nos acercamos
a los sacramentos cada domingo, con regularidad. Pero por la religión
no entendemos sólo la Nuestra, y hemos concedido al pueblo la libertad
de observar la religión que le plazca. Creemos en la unidad de las
Iglesias. Y por ésto durante Nuestro viaje a Italia estuvimos tan
interesados en reunimos con Pablo VI. Nos gusta mucho. Nos parece un hombre
de gran capacidad, sobre todo en sus intenciones de trabajar por la unidad
de las Iglesias y nos demostró mucha amistad.
(El encuentro con el Papa era, desde hace decenios, el sueño de Hailé
Selassié. Pero el Papa a quien quería conocer no era Pablo
VI, sino Juan XXIII. Repetía: “Tenemos que vemos nosotros dos
antes de que uno de los dos muera”. La muerte del Papa Juan le entristeció
tanto que durante algún tiempo no volvió a hablar de pontífices.
Se interesó de nuevo por el tema hace tres años y la opinión
general es que su viaje a Italia tenía fines místicos más
que políticos. La mayor parte de su misticismo se lo debe Hailé
Selassié a su mujer, la emperatriz Menen, muerta en 1965. Menen,
beata hasta la médula, era la cuña del clero copto en la Corona,
y el emperador era devotísimo de ella. Nunca dejó de amarla
y de escucharla desde el día en que ella había enviado al
otro mundo a su primer marido. Otra razón por la que el emperador
se muestra tan religioso es porque tal imagen contribuye a su prestigio.
Más de una vez forzando la imagen esperó que le concedieran
el premio Nobel de la Paz y estuvo a punto de conseguirlo. Lo perdió
a consecuencia de las represiones en Eritrea.)
Majestad, durante su viaje a Italia, los italianos hicieron todo lo posible
para demostrarle lo que les disgustaba haberle hecho la guerra. Con la entusiasta
acogida que le dispensaron le dijeron que la de 1935 había sido la
guerra de Mussolini. ¿Está usted convencido de ello ahora?
SÍ es posible una diferencia entre italianos y fascistas, no corresponde
a Nos decirlo. Corresponde a la conciencia de ustedes. Cuando un pueblo
entero acepta y mantiene en pie a un gobierno, quiere decir que ese pueblo
reconoce a ese gobierno. Pero Nos queremos aclarar que siempre hemos separado,
en Nuestro juicio, la guerra de Mussolini y el gobierno de Mussolini. Eran
dos cosas distintas. Y, al mismo tiempo, no nos creemos en condiciones de
Juzgar al gobierno de Mussolini por la guerra con la que agredió
a Etiopía. Es el propio gobierno el que juzga cómo ser útil
a su pueblo y, evidentemente, el gobierno de Mussolini nos agredió
pensando ser útil, con esa guerra, al pueblo italiano. Majestad,
tal vez no lo he comprendido bien. ¿Puedo preguntarle cómo
juzga, en la actualidad, a Mussolini? Nos no le juzgamos. Ahora está
muerto y no sirve para nada Juzgar a los muertos. La muerte lo cambia todo,
lo anula todo. Incluso los errores. A Nos no nos gusta hablar de odio o
de desprecio respecto a un hombre que ya no puede respondernos. Y lo mismo
digo respecto a todos los demás que invadieron Nuestro país:
Graziani, Badoglio. Todos han muerto. Silencio. Nos conocimos a Mussolini
en 1924, cuando aún no éramos emperador y nos trasladamos
a Italia en visita oficial. Nos recibió muy bien, como un verdadero
amigo. Estuvo muy amable. Nos gustó. Hablamos abiertamente con él
del pasado y el porvenir. Nos inspiró confianza. Después de
la conversación se desvanecieron todas Nuestras dudas. Luego él
faltó a su palabra. Y esto no lo comprenderemos nunca. Pero ahora
ya no tiene importancia.
(Nadie ha conseguido nunca que Hailé Selassié diga una sola
palabra contra Mussolini. Lo máximo que se puede sacar de él,
cuando se toca el tema, es que demuestre el estupor de haber sido traicionado.
Es opinión general que Hailé Selassié es el último
verdadero admirador de Mussolini y que, antes de 1935, sentía por
él una secreta admiración. Una admiración decepcionada,
pero no borrada, por la guerra fascista. En la entrevista de 1924 Hailé
Selassié, político inteligente y hombre de fino olfato, comprendió
que podía andar de acuerdo con Mussolini. Fue Mussolini el que nunca
se dio cuenta de que hubiera podido marchar de acuerdo con Hailé
Selassié. En el fondo se trataba de dos autócratas que gobernaban
con los mismos principios: puño de hierro y ninguna libertad. Lo
que para nosotros son defectos para Hailé Selassié son virtudes.
En 1941, cuando regresó a Addis Abeba, el emperador supo que los
fascios litorios pasaban en desbandada por cierto puente. En seguida ordenó
que no les molestasen. “¿Por qué tendríamos que
hacerlo?” Por lo demás, todos los italianos que en Etiopía
tienen relación con el emperador, son incurable y oscuramente fascistas.)
Entonces, Majestad, ¿cómo ve usted aquellos desgraciados años?
¿Cómo ve la guerra que le hicimos?
Nos miramos estos años con reacciones diferentes, en contraste. Por
una parte no es posible olvidar lo que los italianos nos hicieron, sufrimos
mucho por culpa de ustedes. Por otra parte, ¿que podemos decir? A
muchos les sucede que hacen una guerra injusta y la ganan. Apenas regresamos
en 1941, a Nuestro país, Nos dijimos tenemos que ser amigos de los
italianos. Y hoy lo somos de verdad Ustedes han cambiado en muchas cosas
y nosotros hemos cambiado en muchas otras Y digámoslo así
la historia no olvida y los hombres, en cambio, pueden olvidar. Incluso
pueden perdonar, si tienen un espíritu benévolo. Y Nos intentamos
serlo. Sí, hemos perdonado. Pero no olvidado. No hemos olvidado.
Lo recordamos todo, ¡todo!
¿También el discurso que hizo ante la Sociedad de Naciones,
Majestad? ¿También el día en que huyó?
Oh, si. Recordamos muy bien el discurso, la víspera de aquel discurso,
los periodistas fascistas que nos insultaban, las palabras que Nos pronunciamos
invocando justicia. “Hoy nos sucede a nosotros, mañana os sucederá
a vosotros “. Y así sucedió. Y recordamos el día
en que partimos hacia el exilio porque aquel fue el día más
doloroso de Nuestra vida. Tal vez también el más incomprendido.
Y exigió mucho valor, a veces las cosas que aparentemente no requieren
coraje, exigen mucho valor. El hecho de que no nos quedaba nada más
que la esperanza de volver al frente de Nuestro pueblo. Pero era una esperanza
grande y, mientras viajábamos, se convirtió en certeza absoluta.
¡Nos no lo hubiésemos hecho si hubiésemos pensado que
tendríamos que quedarnos para siempre en Europa!. Nos habíamos
comprendido como marcharían las cosas y nadie nos vio nunca desesperado
en aquellos años
(El 2 de mayo de 1936, tres días antes de que Graziani entrase en
Addis Abeba, Hallé Selassié escapó en un tren especial
que lo llevó a Djibuti y desde allí, en un acorazado británico,
pasó al otro lado del mar Rojo Viajaba con su mujer, los tres hijos,
las dos hijas, cortesanos y dos perritos chihuahuas, bisabuelos de Lulu
y de Papillón, el tesoro de la Corona y un prisionero el ras Hailu.
La huida fue penosa, humillante. Llegado a Jerusalén, el emperador
se enteró de que las tropas etíopes, abandonadas a si mismas,
habían saqueado el palacio, matado a los leones de la realeza, destruido
y robado los negocios de los blancos y asesinado a los europeos. Criticado
por los errores estratégicos cometidos durante la guerra y por no
haber permanecido junto a los que organizaban la guerrilla, vio vacilar
el prestigio que tanto le importaba. En Haifa, otro acorazado británico
lo embarco con su séquito para conducirlo a Inglaterra, pero lo desembarcó
en Gibraltar con una excusa y le obligó a continuar la ruta en un
barco de línea. Eran órdenes del gobierno inglés que
en realidad apoyaba a Mussolni y no quería a Hailé Selassié
como invitado oficial. Pero el discurso que hizo dos meses después
en Ginebra, ante la Sociedad de Naciones, sería el momento más
hermoso y más noble de su vida. Además, era una toma de posición
que preveía el futuro y, hoy, válida para otros países
“Yo, Hailé Selassié Primero, emperador de Etiopía,
estoy aquí para exigir justicia para mi pueblo y la ayuda que le
fue prometida hace ocho meses por cincuenta y dos naciones que afirmaron
que se había perpetrado un acto de agresión. Yo, Hailé
Selassié Primero, estoy aquí para reivindicar los derechos
de las pequeñas naciones agredidas con la complicidad de las grandes
naciones… “)
Majestad, usted insiste siempre en la amistad con los italianos y, en realidad,
fue muy indulgente con ellos cuando regreso a Addis Abeba ¿Puedo
preguntarle si los italianos han hecho algo de bueno en Etiopía?
Desde luego ¿Por que no? Hicieron mal, sobre todo al principio, pero
también han hecho bien. Sobre todo después. Como siempre en
la vida, nada tiene siempre un color concreto. Digamos que los italianos
han atormentado bastante a Nuestro país, pero han hecho también
cosas buenas. Nada de nuevo, nada milagroso, nada que Nos no hubiéramos
ya empezado, hay que precisarlo. Y, además, hay que aclarar que,
si no hubiesen hecho nada positivo, habrían tenido contra ellos a
toda la población, y tenían que mantenerla de su parte. Bien,
digamos que sí, en cierto sentido, interrumpieron lo que Nos habíamos
empezado, pero en otro sentido, lo continuaron. Y hoy nos sentimos muy felices
de haber protegido a los italianos a Nuestro regreso.
(A su regreso, Hailé Selassié ordenó que no se tocara
un cabello a los italianos y la orden fue seguida tan al pie de la letra
que, se dice, en Addis Abeba no había burdel donde estuviesen escondidos,
por lo menos, dos o tres italianos. Él mismo, contra el parecer de
los ingleses, que querían capturarlos ocultó a cincuenta de
ellos en su palacio, y otros tantos fueron hospedados por su segundogénito,
el duque de Harrar, en el palacio de Harrar El gesto fue interpretado, y
todavía lo es como una prueba de magnanimidad evangélica.
Pero se trató de una hábil maniobra política, de un
astuto calculo. En Etiopia, los italianos habían cometido innumerables
infamias, pero también habían construido carreteras, puentes,
diques, hospitales, y habían importado una clase indispensable para
el desarrollo de un país atrasado la pequeña burguesía.
Si los italianos hubieran sido muertos o capturados o expulsados, ¿quién
habría dirigido los negocios, las oficinas postales, las pequeñas
industrias? Y no sólo esto, sino que, en aquellos cuatro años
y medio, los italianos no se habían mostrado en absoluto racistas
habían vivido con mujeres etíopes, la mayoría se habían
casado con ellas y habían tenido hijos reconocidos. Estaba creciendo
una generación de mulatos a la que no había que sacrificar.
La consecuencia de aquel gesto imperial es que hoy, en Etiopia, viven quince
mil italianos más devotos de Hailé Selassié de lo que
puedan serlo sus propios súbditos. Completamente insertos en sus
sistemas y en su régimen, aunque considerando que ignoran la Italia
de hoy, no es raro verlos correr hacia el automóvil del emperador
y caer de rodillas para hacerle alguna petición. Los hay también
ricos como Barottolo (fábricas de algodón), la viuda Melotti
(industria de la cerveza), Montanan (fábricas de calzado), Bim (concesiones
territoriales). Y éstos, para Hallé Selassié, son amigos
indispensables)
Majestad, en estos treinta y un años de recobrada independencia,
Etiopia no ha estado precisamente tranquila. Ha habido varías rebeliones
y algunos golpes de Estado. Uno, de enormes proporciones, hace doce años.
En el se encontraba implicado el propio príncipe heredero ¿Qué
tiene que decirme sobre esto, Majestad?
Que Nos no nos preocupamos de ésto o que no nos preocupamos más
de lo necesario. Estas cosas suceden en la vida de cualquier país.
Siempre hay algo que se mueve, que fermenta. Y en todas partes hay personas
ambiciosas. Personas malas. Basta hacerles frente con coraje y decisión.
No hay que dudar, no hay que ser débil o dejarse llevar por pensamientos
contradictorios, no hay que dejarse abatir. Nos no nos hemos dejado abatir
jamás. A la fuerza hay que responder con la fuerza, y es así
como actuamos en las referidas ocasiones Cierto que el asunto nos dolió,
Nos no lo esperábamos. Nos no esperábamos que algunos, que
algunos, que él. Pero los verdaderos culpables eran pocos. Y Nos
castigamos a estos y perdonamos a los demás. Esto es todo. Así
Nos lo decimos y así debe ser
No, Majestad, no es todo Yo me refería al hecho de...
¡Ca suffit, ca suffit! ¡Ya está bien, ya está
bien!
(Hay dos temas prohibidos con Haile Selassié Eritrea y el papel que
el príncipe heredero desempeñó en el golpe de Estado
de 1960. El golpe de Estado tuvo efecto mientras el emperador estaba en
el Brasil y sus protagonistas fueron los hermanos Menghistu y Girmame Neway.
Ni uno ni otro eran ambiciosos o malos. Eran solo dos tipos cansados del
régimen feudal y sinceramente convencidos por la causa de la justicia
social y de la libertad. Tampoco eran comunistas, se podrían definir
como dos socialdemócratas, con un programa de reformas y no de revolución.
Girmamé había estudiado en California, en la universidad de
Berkeley, y gobernaba la provincia de Ji Jigga. Menghistu era comandante
de la Guardia Imperial y tenia acceso a los apartamentos privados de Su
Majestad comprendido el dormitorio. Cuando le propusieron ahogar al emperador
durante el sueño se opuso desdeñosamente. La noticia del golpe
de Estado la dio por radio Asta Wossen, y nunca sabremos si el príncipe
heredero estaba de su parte o fue obligado a actuar con un revólver
en la sien, como dice la versión oficial. Pero si se sabe que, dominada
la revuelta, Hailé Selassié miró a su hijo con desprecio
y le dijo “Hubiera preferido saberte muerto”. Gracias al inmediato
regreso de Hailé Selassié, la revuelta fue dominada por medio
del ejército dirigido por instructores norteamericanos. Acabó
en un baño de sangre. Se calcula que, por lo menos, fueron muertas
diez mil personas. Los hermanos Neway, visto el giro de los acontecimientos,
mataron a los dignatarios que tenían como rehenes y huyeron hacia
las colinas. Fueron cercados y, para evitar la captura, Girmamé disparó
un tiro a Menghistu y luego se suicidó. Pero Menghistu no llegó
a morir. Fue hecho prisionero, curado, procesado y condenado a la horca
Murió valientemente, dando un puntapié al escabel y ahorcándose
el mismo. Por orden del emperador, su cadáver estuvo ocho días
balanceándose en la horca. El emperador había pretendido lo
mismo con el cadáver de Girmamé).
Majestad,
si no quiere hablar de ciertas cosas, hábleme más de usted.
Se cuenta mucho que ama a los animales y a los niños ¿Puedo
preguntarle si ama tanto a los hombres?
A los hombres, bueno, es difícil ser indulgente con los hombres.
Es mucho más fácil ser indulgente con los animales y con los
niños. Cuando se ha tenido una vida difícil como la Nuestra,
se está más cómodo con los animales y con los niños.
Ellos no son nunca malos, por lo menos no intencionadamente. En cambio,
los hombres, claro que hay hombres buenos y hombres malos. Se utiliza a
los primeros y se castiga a los segundos, sin intentar comprender por que
son buenos o por que son malos. La vida es como el teatro no se puede comprender
toda e inmediatamente. No divierte ya. Y, además, Nos les pedimos
demasiado a los hombres para respetarlos.
¿Qué les pide, Majestad? Dignidad, coraje. Los dos protagonistas
de aquel golpe de Estado tenían dignidad, Majestad. Y tuvieron coraje.
!Ca suffit, ca suffit! ¡Ya está bien!
De acuerdo, Majestad. Y un rey, ¿qué se exige a si mismo,
Majestad?
También coraje. Y equilibrio. Un rey debe saber adaptarse, oscilar
entre amigos y enemigos, entre lo nuevo y lo viejo. Un rey debe saber tomar
su tiempo y someterlo todo al objetivo que se ha fijado de antemano. Aprendimos
ésto en la juventud, cuando leímos vuestros libros y nos formamos
en la cultura occidental de ustedes, según los deseos del emperador
Menelik y de Nuestro padre. Porque Nos comenzamos muy pronto a apreciar
las cosas nuevas de las que usted habla. Nos hemos viajado mucho. Pero no
nos gusta viajar. Nos cansa. Y, en la mayoría de ocasiones, no nos
divierte. Pero lo hacemos igual porque creemos útil ir en busca de
amigos y ésta es la misión de un rey.
A veces viajes sorprendentes, Majestad, en busca de amigos inesperados.
Usted ha estado incluso en China y ha hablado con Mao Tse-tung...
Hablamos mucho tiempo y nos gustó mucho Mao Tse-tung. Mucho. Nos
hizo una gran impresión, como Pablo VI. Es un buen jefe, un Jefe
muy serio y su pueblo ha hecho muy bien en elegirle. Es toda otra forma
de vida, pero cada pueblo vive a su manera. Así lo dijimos en Nuestro
diálogo con los chinos que nos dio tan buenos resultados.
(Hailé Selassié ha obtenido dos cosas de los chinos. Primero:
que éstos dejen de prestar ayuda a los guerrilleros eritreos. Segundo:
un préstamo de ochenta y cinco millones de dólares USA a devolver
sin intereses en el término de veinte años y con la única
condición de empezar a gastarlos dentro de cinco años. Prácticamente,
un regalo. La devolución se hará en café. Puesto que
los chinos se han comprometido a comprar café por valor de dos millones
de dólares USA anuales. China se convertirá en el almacén
de casi todo el café etíope. Aunque nadie, en China, beba
café. En el campo internacional, Hailé Selassié sigue
siendo un gran político. Lo demuestra con la astucia con que consigue
hacer bailar a las grandes potencias y utilizar a las demás. Sus
verdaderos amigos son los norteamericanos a los que permite el control económico
del país y a cuyos consejeros militares ha confiado el ejército,
la aviación y los servicios secretos. Sus verdaderos enemigos son
los soviéticos que lanzaron a DJibuti a la independencia y ayudan
a Sudán que, a su vez, ayuda a Eritrea. Pero él ha ido también
a Moscú y Etiopía está llena de búlgaros, rumanos,
polacos y yugoslavos, o sea, de embajadas comunistas. Hailé Selassié
está al lado de los países árabes y ha llamado a los
israelíes para que instruyan a la policía secreta, a la policía
criminal y a la Guardia Imperial. Con ellos tiene en común el interés
de no perder el puerto de Asmara y de Assab. Sus relaciones son óptimas
incluso con los franceses, ante el temor de que renuncien a Djibuti. Sólo
hay cierta frialdad con los ingleses. Nunca les ha perdonado la indiferencia
con que lo acogieron en el exilio. Y, aunque fueron los ingleses quienes
lo devolvieron al trono, nunca se le ha oído pronunciar una palabra
en su lengua. Y la conoce muy bien.)
Majestad, Etiopia es usted. Es usted quien la maneja, es usted quien la
mantiene unida. ¿Qué sucederá el día que usted
ya no esté?
¿Cómo, cómo? No comprendemos esta pregunta.
El día en que usted muera, Majestad.
Etiopía existe desde hace tres mil años. Existe desde el día
en que fue creado el hombre. Mi dinastía reina desde que la reina
de Saba visitó al rey Salomón y de sus relaciones nació
un hijo. Es una dinastía que continúa desde hace siglos y
durante siglos continuará. Un rey es sustituible y, además,
mi sucesión está asegurada. Hay un príncipe heredero
y él reinará cuando Nos ya no existamos. Así hemos
decidido que sea y así será.
(Muchos no lo creen. Susurran que Hailé Selassié podría
no dejarle el trono a Asta Wossen. No le quiere, no lo ha querido nunca
y nunca le ha perdonado el haberse mezclado en la revuelta de los hermanos
Neway. Desde 1960, nadie ha visto a Asfa Wossen al lado de su padre y Hailé
Selassié no le ha confiado ningún cargo, siempre lo ha relegado
a una sombra llena de desprecio. Cuando viaja para cualquier ceremonia,
se lleva a los hijos del duque de Harrar y especialmente al más joven:
un principote arrogante que cambia de automóvil como de zapatos.
Tiene una colección de coches y todos fuera de serie. El gran amor
de Hailé Selassié era su segundogénito, el duque de
Harrar, a quien quería como sucesor. Pero el duque de Harrar murió,
hay quien dice que en un accidente de automóvil, y hay quien dice
que a manos de un mando celoso, y Hailé Selassié transfirió
sus preferencias al tercero de los hijos. Sehia Selassié Muerto,
también el, de enfermedad, tuvo que recoger la carta de Asta Wossen.
Las noticias que existen sobre este ultimo son contradictorias Hay quien
dice que es inteligente, equilibrado, moderno, dispuesto a convertirse en
un monarca constitucional y accesible a la democracia. Hay quien dice que
es un incapaz, falto de iniciativa y de fantasía, y destinado a seguir
con el absolutismo del padre. Lo único seguro es que tiene cincuenta
y seis años, un aspecto corpulento, un comportamiento tímido,
y que es un hombre muy triste)
Majestad, haciendo un recuento de su vida, yo diría que no ha sido
una vida feliz. Todas las personas que amaba han muerto su mujer, dos de
sus hijos, dos de sus hijas. Han caído muchas de sus ilusiones y
muchos de sus sueños. Pero ha acumulado, supongo, una gran sabiduría
y a esta sabiduría le pregunto ¿cómo mira, Hailé
Selassié, a la muerte?
¿A qué? ¿A qué? A la muerte, Majestad ¿La
muerte? ¿La muerte? ¿Quién es esta mujer? ¿De
dónde viene? ¿Que quiere de mi?
¡Fuera, basta! Ca suffit! ca suffit!
(Hailé Selassié es muy supersticioso y se aferra desesperadamente
a la vida. Cada año se traslada a Ginebra donde se somete a curas
de rejuvenecimiento y parece que a menudo renueva su sangre con sangre joven
y fresca. Le aflige un principio de arteriosclerosis. Pero su muerte es
más temida por los demás que por sí mismo. Su talento
político no ha sido suficiente para preparar el día en que
él ya no esté. Su genio no ha sido lo bastante completo para
plantar una semilla sólida para cuando la suya se seque. Sus viejas
manos nunca han moldeado o delegado el poder. Su viejo corazón nunca
ha superado el principio de “apres moi, le déluge”. Tal
vez la muerte le da tanto miedo porque sabe que Hailé Selassié
podría ser el último emperador de Etiopia, León de
Judá, Elegido de Dios, Potencia de la Trinidad, Rey de Reyes)